Le debo a este blog una entrada desde el martes/miércoles sobre mis experiencias en el Rock in Rio de Madrid (curioso lo que hace el marketing con los nombres). Mientras tanto podéis ir leyendo el blog de Iñaki, que él sí hace los deberes. Yo hoy hablaré de un filósofo relativamente poco conocido (no es comparable a Platón ni compañía, pero seguro que todo el mundo ha oído hablar de él…), cuyo estilo de vida me parece admirable.
Diógenes de Sinope, aka Diógenes el cínico o Diógenes el Perro, es un filósofo griego nacido allá por el 400 a.C. en – como habréis supuesto – Sinope, en la costa del Mar Negro. Fue desterrado de allí por fabricar moneda falsa junto con su padre, que era banquero. En su nueva residencia, Atenas, se dedicó a despreciar las costumbres, empezando ya a formar lo que sería su filosofía de cinismo. En su opinión las costumbres desvirtuaban la moral; la gente se preocupaba por lo que convencionalmente estaba mal, no por lo que estaba mal realmente.
Conoció a su maestro Antístenes, el más antiguo discípulo de Sócrates (cuántos nombres famosos, ¿eh?), pero pronto le superó en austeridad; no le daba valor alguno a las posesiones, rechazaba las formas de civilización establecidas y decía que la muerte no era realmente un mal, pues no sabemos nada sobre ella. Tiempo después fue vendido como esclavo en Corinto, pero fue liberado y pasó el resto de su vida predicando la austeridad.
Lo más llamativo de este filósofo son sin duda las varias anécdotas que se cuentan, que ilustran perfectamente su estilo de vida y su desprecio por el convencionalismo. Se dice que vivía en una tinaja, y que sólo poseía un manto, un zurrón, un báculo y un cuenco; un día, vio a un niño que bebía agua de sus propias manos y se deshizo del cuenco. Caminaba descalzo durante todas las estaciones del año y dormía en los pórticos de los templos envuelto únicamente en su manto. Provocó un escándalo al masturbarse públicamente en el ágora, pero cuando le reprendieron por ello, sólo comentó desdeñosamente que desearía poder saciar el hambre simplemente frotándose el vientre. Cierto día estaba en un banquete y los invitados comenzaron a arrojarle huesos, como si fuese un perro (por aquel entonces ya se había ganado el famoso apodo). Él se levantó, se acercó a ellos y les orinó encima. Los atenienses se reían de él, pero también le temían y respetaban.
Incluso el mismísimo Alejandro Magno se interesó por él, se le acercó y le dijo si podía hacer algo por él. Diógenes, fiel a su costumbre, le respondió simplemente que se apartase, que le estaba tapando el sol. Profesaba un desprecio tan grande por la humanidad, que en una ocasión apareció en pleno día por las calles de Atenas, con una lámpara en la mano diciendo: “Busco un hombre”.
Diógenes el Perro fue una persona admirable, que despreció completamente las costumbres y vivió su vida de la manera que él consideraba correcta. Fue, en definitiva, un hombre libre, separado de la sociedad que estaba, y aún está, atada por sus propias cuerdas.

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